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Solaris (1972, Andrei Tarkovsky)

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Un psicólogo viaja a una estación espacial y, a los pocos días, su esposa aparece caminando por los pasillos. El detalle: ella lleva años muerta. No es un fantasma ni un truco de su mente. Es el planeta de abajo, respondiendo a los humanos de la única forma que puede — y esa forma es mucho más perturbadora que cualquier monstruo espacial.

Empecemos por la escena que lo resume todo. Un psicólogo llega a una estación espacial que orbita un planeta cubierto casi por completo de océano. La tripulación lleva meses reportando cosas raras y nadie sabe explicar qué pasa. A los pocos días de llegar, el psicólogo ve a su esposa (que se quitó la vida años atrás) caminando por la estación, tan real que puede tocarla.

No es un fantasma. No está enloqueciendo. Es el océano del planeta, respondiendo. Y para cuando entiendes cómo responde, la película ya te cambió la pregunta que traías.

Una novela escrita para llevar la contraria

Antes que película, Solaris fue novela: la escribió en 1961 el polaco Stanisław Lem, y la escribió enojado (en el buen sentido). Estaba harto de un supuesto que la ciencia ficción de su época repetía sin cuestionar: que tarde o temprano, con suficiente tecnología o esfuerzo, los humanos lograríamos comunicarnos con una inteligencia alienígena. Como si el idioma fuera solo cuestión de encontrar el traductor correcto.

Lem propuso justo lo contrario, y ahí está toda la genialidad del libro: imaginó una inteligencia real (un océano planetario consciente) tan absolutamente distinta a la humana que comunicarse con ella es, simplemente, imposible. No por falta de ganas ni de intentos. Por incompatibilidad de raíz. Como pedirle a un pez que entienda qué es el aburrimiento.

Lo que el océano hace no es hablar

Aquí está el giro que vuelve a Solaris tan inquietante, y tan poco parecida a cualquier otra historia de contacto alienígena.

Cuando el océano «responde» a los humanos que lo estudian, no manda un mensaje ni intenta explicarse. Hace algo mucho más raro: materializa personas sacadas de la memoria y la culpa de cada tripulante. En el caso del psicólogo, materializa a su esposa muerta. La aparición se mueve, habla y siente como ella. Pero no es ella:

Es un espejo tan sofisticado que es facilísimo confundirlo con una conversación.

Y esa confusión es exactamente el punto de toda la obra. Los humanos quieren creer que están dialogando con el planeta, que por fin hay contacto. Lo que de verdad tienen enfrente es su propio reflejo, devuelto por algo que quizá ni siquiera entiende lo que está haciendo. Vinieron a estudiar un mundo nuevo y terminan encerrados con lo peor de sí mismos.

Por qué se siente tan lenta (y por qué es a propósito)

Ahora, la advertencia honesta, porque nadie te la suele dar antes de recomendarte esta película: Solaris es lentísima. A propósito.

Dura casi tres horas, y Tarkovsky sostiene las tomas mucho más de lo que el ojo moderno (entrenado por el celular y el corte cada dos segundos) aguanta con comodidad. Hay una escena, al principio, de varios minutos mostrando solo una autopista. Nada más coches y carretera. Tarkovsky la agregó, ni siquiera está en la novela, antes de que la historia despegue al espacio.

No es un error de ritmo ni relleno. Es una decisión: te está obligando a bajar la velocidad, a soltar la prisa, antes de enfrentarte a algo que no se puede entender rápido. Es la película preparándote para su propia frecuencia. Si la ves con el pulgar listo para adelantar, la vas a odiar. Si te rindes a su ritmo, te reordena algo por dentro.

¿Te animas a las casi tres horas, o eres de los que ya no aguantan una toma de más de diez segundos? Sé honesto en los comentarios — y si ya la viste, cuéntanos a quién materializaría el océano de tu memoria.

Trailer

Solaris (1972), tráiler en YouTube.

Ficha técnica

  • Título: Solaris (Солярис)
  • Año: 1972
  • Dirección: Andrei Tarkovsky
  • País: Unión Soviética
  • Duración: 167 min
  • Dónde verlo: gratis y legal en el canal oficial de Mosfilm en YouTube, con subtítulos en español.

Para saber más

Si la idea de la incomunicación con lo verdaderamente distinto te dejó pensando, la novela de Lem la lleva aún más lejos que la película (y hay quien discute cuál de las dos versiones es mejor — el propio Lem no quedó del todo contento con la de Tarkovsky, pleito de autores que vale la pena conocer). Y si quieres el contraste total, existe una versión de Hollywood de 2002 con George Clooney: verla al lado de la de Tarkovsky es una clase completa sobre cómo dos directores toman la misma historia y cuentan cosas distintas.

Fuentes

Nos apoyamos en la novela de Stanisław Lem (1961), en la película de Andrei Tarkovsky (1972, Mosfilm) y en el desacuerdo documentado entre autor y director sobre la adaptación.

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